La libertad del proletario

En otro tiempo se poseía esclavos, no por disponer del hombre, sino por apropiarse el fruto de su trabajo. Y cuando, trocadas las circunstancias sociales, fue necesario para tal fin, nació la servidumbre de la gleba, y el hombre fue semilibre: el derecho feudal adscribiéndole a la tierra, fue suficiente para despojarle, sin que lo pudiera eludir.

Ahora es libre del todo. La Constitución lo declara libre; a veces, hasta el pobre proletario se imagina que lo es. Si, es libre para morir, como lo era el esclavo en otro tiempo: más para vivir, no, porque no se vive del aire; necesita para su subsistencia, emplear sus brazos y no encuentra dónde, porque todo aquello en que pudiera emplearlos, la tierra, los bosques, las minas, está monopolizado, es de propiedad particular; ¿Que hará de su libertad, sino rendirla, ponerla a disposición de los monopolizadores de esos agentes naturales sin los que no es posible la vida? Aceptar de nuevo el yugo de la esclavitud que los legisladores creían haber roto, y sufrirla a cambio de un pedazo de pan.

¡Son libres! ¿Libres para qué? La única libertad que le es dada es la de elegir entre la esclavitud y la muerte por hambre. Esa siempre la han tenido los hombres; no la han añadido ni una dracma todas las resoluciones meramente políticas ni todas las conquistas de la democracia. Los obreros si no quieren trabajar por el mendrugo infecto que les arrojan, un alimento que no darían los patronos a sus caballos de lujo, pueden marcharse a otra parte; para eso también son libres. Pero, ¿dónde irán que unos patronos no sustituyan a otros? Cambiarán de dogal, pero la esclavitud les sigue a todas partes, porque no está en ellos, sino en la tierra que pisan, y dondequiera que esta se halle apropiada estará la esclavitud.

Los obreros son esclavos con permiso para circular por la nación. No importa que muden de residencia porque los amos ya no los compran, sino que los alquilan; y estos siempre encuentran bastantes obreros desocupados para que su precio no encarezca. Si alguna vez exige demasiado la bestia humana por su propio alquiler, bastará que los amos disminuyan un poco su negocio para que aquellos se avengan a razones. Lo que en la civilización antigua hacía el látigo, en la civilización moderna lo hace más cómodamente el hambre.

La libertad de mudar de residencia es irrisoria, ya lo saben los obreros. ¿No irían si esa libertad sirviera para algo? Siempre hay desventurados deseosos de reemplazar a los primeros en su esclavitud.

Baldomero Argente


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