A este problema se debe la mayor parte de las discordias que conmueven al mundo desde las miserias de los tugurios hasta los divorcios de las gentes aristocráticas. En él estriba el cimiento del problema social.
En todos los países podemos ver que hay dos clases de propiedad: una hecha por la ley y otra hecha por el trabajo. A la primera suele llamarse la propiedad por antonomasia o la propiedad real, probablemente para ocultar su carácter artificial. A la segunda se le designa con el nombre de propiedad mobiliaria; pero cuando se trata de mejoras y edificios sobre un terreno se los confunde con la propiedad de este terreno llamándose inmueble, no por descuido, sino deliberadamente para introducir la confusión mental e impedir el reconocimiento de la fundamental diferencia entre las mejoras y el terreno que por naturaleza son cosas tan distintas. ¡Inmueble un edificio que empieza por construirse a piezas transportadas en volquetes, carros y carretillas; que constantemente se le están añadiendo y quitando cosas y que al demolerse vuelve a transportarse todo del mismo modo! Lo que se trata es de impedir se distinga este valor del de el solar que le sustenta. El solar, la tierra, es un don del Creador y su valor lo crea la comunidad, mientras que el de los edificios y demás mejoras, es debido al trabajo individual.
La palabra inmueble aplicada a las construcciones, es, pues, insidiosa. Se quiere hipócritamente hacer creer al espíritu público que el solar y el edificio o el terreno y sus mejoras forman una misma cosa, y efectivamente, se ha conseguido ese resultado porque todavía para la mayoría de las gentes pasa inadvertido que los edificios están construidos sobre la tierra.
Un piano de cola, un motor de vapor y otros artefactos, son más difíciles de transportar que un muro. Deberían, pues, llamarse también inmueble como las casas, y sin embargo, a nadie se le ha ocurrido darles ese nombre. Se está viendo clara la intención de fomentar la mental confusión del pueblo para impedirle reconocer la fundamental diferencia que hay entre la tierra y sus mejoras.
Otra razón de por qué se llama propiedad real a la hecha por la ley, es que su posesión capacita al amo para obtener la otra clase de propiedad mucho más fácilmente y en mayor cantidad que por cualquier otro método. En este sentido, es seguramente, muy real.
En una sociedad regida por el orden o gobierno natural, no habría más que una clase de propiedad que consistiría únicamente en las cosas hechas por el trabajo. Ninguna otra clase de propiedad debiera tolerarse en un país verdaderamente civilizado. La razón de esta afirmación aparece claramente cuando se considera la naturaleza de la propiedad hecha por la ley en sus diversos aspectos, tales como la propiedad de la tierra, las concesiones de servicios públicos, el proteccionismo, etc., etc., cuya validez depende enteramente de la tierra. La propiedad hecha por la ley no paga seguros, puesto que ni hay riesgo de incendios, ni se corroe, ni perece.
Veámoslo con un ejemplo: cuando un incendio destruye una ciudad, los dueños de la propiedad hecha por el trabajo lo pierden todo, mientras que los amos de la propiedad hecha por la ley, no pierden nada; al contrario ganan enormemente, porque ante la perspectiva de la reconstrucción de una ciudad más nueva y mejor con los materiales provistos por el trabajo, los solares aumenta de valor. Recientemente está el ejemplo de San Francisco de California. Tal es el poder del monopolio de la tierra protegido por la ley.
Ahora bien, la única razón de por qué la propiedad hecha por la ley es útil a los amos, es que merced a ella se apoderan de enormes cantidades de lo que el trabajo produce, sin dar nada en cambio. Esta es la alquimia que en pleno siglo XX transmuta las piedras en oro. Si no fuera por esta peculiar cualidad, no tendría ninguna ventaja esta facultad de exigir tributos creada por la ley y nadie se cuidaría de ella; pero a causa de tal cualidad es buscada por los especuladores y capitalistas en todas partes.
Las riquezas únicamente pueden producirse por el trabajo, no por la ley. La ley no puede hacer riquezas, sino únicamente tomarlas después de hechas, estas son las funciones fundamentales de las leyes; tomar las riquezas primero y defenderlas después, lo cual es el principal asunto en una inversión. ¡Qué grande es la ley!
La sociedad llamada civilizada gravita alrededor de la idea de conservar las inversiones antes que conservar los hombres, y como quiera que la mayoría de las propiedades son hechas y mantenidas por la ley, se sigue de aquí que para mantener la integridad de las inversiones, tal como hoy se reconocen, deben sacrificarse millones de hombres, de aquí que las mujeres y los niños de los pobres son sacrificados; y así tiene que suceder, pues no puede ser de otra manera mientras exista la propiedad hecha por la ley en la escala actual. Si la sociedad continua fiando la integridad de la propiedad hecha por la ley, únicamente puede hacerlo a expensas de la propiedad hecha por el trabajo y de los productores. No hay ni puede haber otro modo.
Esta es la única explicación de la universal carestía de las subsistencias en un siglo en que los poderes de producción han aumentado colosalmente. El poder de exigir tributo de la propiedad hecha por la ley está limitado únicamente por la capacidad de pagarlo que tienen los productores de la propiedad hecha por el trabajo. Esta es la razón de que la vida del obrero sea una horrible pesadilla en vez de una fiesta continua, y esta es la razón por la cual los trabajadores de todas clases están cada vez más inseguros e intranquilos y por la que el mundo del trabajo protesta airadamente contra las insoportables cargas con que le agobian los intangibles, pero ciertos, procedimientos de la Ley.
La propiedad hecha por la ley es la raíz de los males sociales. Es insidiosa en sus procedimientos, omnipotente, irresistible y misteriosa. Es compleja para los no iniciados; pero tiene una fácil solución para todo aquel que sea capaz de analizar un problema y separe de un modo lógico sus elementos. El problema es enteramente económico y no consiste en ninguna lucha de clases.
El antagonismo está entre el hombre y las instituciones de la propiedad privada de la tierra. Es un inmoderable antagonismo entre las dos clases de propiedades: la producida por el trabajo y la producida por la ley, y nada podrá remediarlo sino volver al orden natural y salvar así tanto la vida social como la individual.
No se podrá impedir la catástrofe si no se reconoce pronto QUE NO HAY MÁS CLASE DE PROPIEDAD QUE LA PRODUCIZA POR EL TRABAJO.
Esta es la simple, científica, justa, obvia, lógica, defendible y necesaria limitación del derecho de propiedad. Si no fijamos este límite, siempre estaremos abocados a la certeza de que el derecho de propiedad devorará a la humanidad.
Si se quiere que la propiedad cumpla su misión propia hay que reducirle a su propia esfera. Hay que limitarla y fijarla, y esto sólo se conseguirá reconociendo que NO HAY MÁS CLASE DE PROPIEDAD QUE LA PRODUCIDA POR EL TRABAJO.
Henry H. Hardinge